lunes, 26 de diciembre de 2011

2012 Veinticuatro horas; Meditación. P. Carlos Valles sj

Una frase célebre del Maestro Joshu:
“Yo utilizo las veinticuatro horas del día;
vosotros os dejáis utilizar
por las veinticuatro horas del día.”
¿Uso yo mi tiempo, o mi tiempo a mí? ¿Utilizo yo a mi trabajo o mi trabajo a mí? ¿Soy dueño o esclavo? ¿Es el hombre el señor del sábado o el sábado el señor del hombre? Al hacer lo que hago y decir lo que digo, ¿tengo la sensación de que soy yo quien maneja los controles, quien dirige mis palabras y mis actos, o me siento mero juguete de las circunstancias, obligado a portarme como me porto por las costumbres que he adquirido, las expectativas que he despertado, las exigencias a que me he sometido?
Protesto ante mí mismo que soy yo quien he escogido libremente mi camino, mi profesión, mis principios, mi vida. Quizá sea así, aunque la presión que en esas opciones ejercieron sobre mí la familia, el ambiente, los prejuicios y el dinero no puede desestimarse fácilmente. Pero en todo caso, aunque yo haya escogido caminos libremente en un principio, esos caminos se convierten en servidumbre con el paso del tiempo, me obligan a hacer siempre lo que una vez he hecho, me exigen determinados modos de pensar y de hacer, me quitan libertad de movimientos y espontaneidad de reacciones. Ya no puedo usar mi tiempo como quiero. El día se me impone poco a poco hasta que son las veinticuatro horas las que me usan a mí.
Quiero recuperar el dominio del día. Quiero ser señor de mi tiempo. Quiero valorizar las horas, los minutos, los segundos con el control suave pero firme de mis deseos y mis opciones. No dejarme dominar por la rutina, los convencionalismos, la costumbre, la inercia. No dejar que el reloj gobierne mi vida, que el horario se me imponga, que mis obligaciones me agobien. Volver a hacer las cosas no porque tengo que hacerlas sino porque quiero hacerlas. Recobrar el gusto del obrar, el placer de hablar, la alegría de vivir. No ser esclavo de las agujas del reloj ni adorador del sol ni siervo del calendario. No tener que tomar vacaciones cuando todos las toman ni tener que salir de la ciudad el fin de semana porque todos salen. Hacer, sí, todo lo que haya que hacer e ir a donde haya que ir, pero sin pérdida de libertad, de interés, de vitalidad. Renovar el celo de vivir y el arte de sentirse a gusto. Y para ello recuperar la mirada clara, el dominio firme, la independencia original de mi propia personalidad. Que vuelvan a ser siervas las veinticuatro horas del día.

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