sábado, 10 de diciembre de 2011

Anécdotas de un Cardenal

Unas páginas de la biografía que he leído del cardenal de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, a quien conozco y aprecio. Lo visité una vez en Buenos Aires y le recordé lo que el boletín de su arzobispado dijo sobre mí y mi libro “Querida Iglesia” que se publicó allí: “El libro es obra de un adolescente inmaduro, cualquiera que sea su edad.” Él no lo sabía. Es el libro mío del que he recibido más comentarios favorables de católicos que se estaban alejando de la Iglesia ante sus fallos, y que al ver que yo mencionaba con toda claridad esos mismos fallos pero sacaba con cariño la conclusión opuesta que por eso mismo la Iglesia es más comprensiva y humana y mejor ayuda para nuestros propios fallos, se sintieron reconciliados con ella y volvieron a las prácticas religiosas. Las tres palabras que el cardenal escoge son significativas.
Sergio Rubin, El Jesuita, Conversaciones con el cardinal Jorge Bergoglio:
p. 62: Siendo yo vicario de Flores, una chica de un colegio de Villa Soldati, que cursaba el cuarto o quinto año, quedó embarazada. Fue uno de los primeros casos que se planteó en la escuela. Había varias posturas acerca de cómo afrontar la situación, que contemplaban hasta la expulsión, pero nadie se hacía cargo de lo que sentía la chica. Ella tenía miedo por las reacciones y no dejaba que nadie se le acercase. Hasta que un preceptor joven, casado y con hijos, un hombre al que yo respeto mucho, se le acercó cuando la vio en un recreo, le dio un beso, le tomó la mano y le preguntó con cariño: “¿Así que vas a ser mamá?”, y la chica empezó a llorar sin parar. Esa actitud de proximidad la ayudó a abrirse, a elaborar lo que le había pasado. Y le permitió llegar a una respuesta madura y responsable, que evitó que perdiera la escolaridad y quedara sola con un hijo frente a la vida, pero también – porque era otro riesgo – que las compañeras la consideraran una heroína por haber quedado embarazada.
p. 136: Para mí hay tres palabras que definen a las personas y constituyen un compendio de actitudes –dicho sea de paso, no sé si yo las tengo– y que son: permiso, gracias, y perdón. La persona que no sabe pedir permiso, atropella, va adelante con lo suyo sin importarle los demás, como si los otros no existieran. En cambio, el que pide permiso es más humilde, más sociable, más integrador. ¿Qué decir del que nunca pronuncia “gracias” o que en su corazón siente que no tiene nada que agradecer a nadie? Hay un refrán español que es bien elocuente: “el bien nacido es bien agradecido”. Es que la gratitud es una flor que florece en almas nobles. Y, finalmente, hay gente que considera que no tiene que pedir perdón por nada. Ellos sufren el peor de los pecados: la soberbia. E insisto, solo aquel que tuvo la necesidad de pedir perdón y experimentó el perdón, puede perdonar. Por eso, a los que no dicen estas tres palabras les falta algo en su existencia.

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