domingo, 11 de diciembre de 2011

Cuentos para la Catequesis

Un acertijo del maestro Kisu:
Por muchas vueltas
que le deis al molinillo
moleréis todo el grano que queráis,
pero nunca moleréis el eje.
Una vez me dijo una señora con gracia: “Tengo complejo de batidora.” Todo el día dando vueltas, todo el día haciendo cosas, todo el día de un lado para otro. Batidora universal que lo bate todo. Claras de huevo y pasta de pizza. Para todo vale. Dale al botón y funciona. Nunca para. Y tiene garantía por si se estropea. Adelantos cómodos de la tecnología moderna. Electrodomésticos para el ama de casa. Imagen en metal de lo que somos en la vida. No paramos de dar vueltas.
Pero el eje no se mueve. El eje es el Yo. El eje es mi ser más íntimo en la integridad de su existencia. Recto y sereno. Vértice y centro. La circunferencia gira como loca, pero el centro sigue inmóvil en sí mismo. No le afecta lo que se muela. Granos de trigo o granos de arroz. El eje es el mismo. Todo lo ve, todo lo acepta, todo lo trabaja. Pero él queda intacto en la verticalidad de su conciencia. El eje no se muele.
El mundo vertiginoso sigue dando vueltas alrededor. Ya no nos marea. Ya no nos arrastra en su loco girar. No perdemos el equilibrio. No perdemos la paz. El ojo del huracán queda en silencio mientras ruge la tormenta. Saber centrarnos es saber vivir. Que siga el molinillo. Que siga el mundo. Que sigan las tareas diarias. Nosotros también seguimos erguidos en el eje perpendicular de nuestro ser. En la tempestad, la calma

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