lunes, 4 de marzo de 2013

Salmo 144, Estudio bíblico para catequistas



Pienso con frecuencia en el vacío generacional, Señor. Hoy más bien, al contemplar la historia de tu pueblo, sus tradiciones, su oración en público y el cantar de tus salmos en grupo compacto, pienso en el vínculo generacional. Una generación instruye a la siguiente, pasa el testigo, entrega creencias y ritos, y el pueblo entero, viejos y jóvenes, reza al unísono, en concierto de continuidad, a través de las arenas del desierto de la vida. La historia nos une.

“Una generación ponderatus obras a la otra 
y le cuenta tus hazañas.”

El tema de la oración de Israel es su propia historia, y así, al rezar, preserva su herencia y la vuelve a aprender: forma la mente de los jóvenes mientras recita la salmodia de siempre con los ancianos. Coro de unidad en medio de un mundo de discordia.

Por eso amo tus salmos, Señor, más que ninguna otra oración. Porque nos unen, nos enseñan, nos hacen vivir la herencia de siglos en la exactitud del presente. Te doy gracias portus salmos, Señor, los aprecio, los venero, y con su uso diario quiero entrar más y más en mi propia historia como miembro de tu pueblo, para transmitirla después en rito y experiencia a mis hermanos menores.

“Alaban ellos la gloria de tu majestad, 
y yo repito tus maravillas: 
encarecen ellos tus temibles proezas, 
y yo narro tus grandes acciones.”

Diálogo en la plegaria de dos generaciones. Que el rezo de tus salmos sea lazo de unión en tu pueblo, Señor.

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