lunes, 19 de agosto de 2013

El papa Francisco dice que fe y violencia son incompatibles


 
  El papa Francisco dijo este domingo que "fe y violencia son incompatibles", más bien al contrario, ya que "la verdadera fuerza del cristiano es la fuerza de la verdad y del amor, que comporta renunciar a cualquier tipo de violencia".
El pontífice se dirigió a miles de fieles y peregrinos que aguardaban en la Plaza de San Pedro, bajo un sol ardiente, que se asomara a la ventana de los apartamentos del Palacio Apostólico del Vaticano para escuchar su alocución y rezar juntos el tradicional ngelus dominical.
La aparición del papa Francisco levantó un clamor entre los asistentes, que se aplacó cuando fueron bendecidos y saludados por el pontífice con un "Buenos Días".
Antes del rezo, el papa señaló que "el Evangelio no autoriza en absoluto el uso de la fuerza para defender la fe".
"Fe y violencia son incompatibles", exclamó en dos ocasiones el papa argentino.
Jorge Mario Bergoglio aludió a Jesús cuando avisó a sus discípulos: "Pensáis que he venido a traer la paz en la tierra? No, yo os digo, también la división".
El papa explicó que "Jesús no quiere dividir a los hombres entre ellos, al contrario: Jesús es nuestra paz y reconciliación".
Pero esta paz no es neutralidad, no es un compromiso a cualquier coste, señaló.
"Seguir a Jesús comporta renunciar al mal, al egoísmo, elegir el bien, la verdad, la justicia, aunque requiera sacrificio y renunciar a los propios intereses".
Y esto divide, lo sabemos, "aun a los vínculos más estrechos", dijo el papa.
Añadió que "la fe no es una cosa decorativa, ornamental, vivir la fe no es decorar la vida con un poco de religión como si fuera una tarta que se decora con un poco de nata".
"La fe -subrayó- comporta elegir a Dios como criterio base de la vida. Dios no es un vacío, no es neutro, es siempre positivo, después de que Dios vino al mundo no se puede hacer como si no lo conociéramos".
Tras su alocución, el papa fue largamente aplaudido y pidió a los congregados que rezaran por las víctimas del naufragio del viernes por la noche en Filipinas, en el que han muerto al menos 34 personas, y también por la delicada situación que atraviesa Egipto.

sábado, 17 de agosto de 2013

Celebrando al Concilio Vaticano II....Leonardo Boff

Hemos celebrado los 50 años de la muerte del Papa Juan XXIII (1881-1963), seguramente el Papa más importante del siglo XX. A él se debe la renovación de la Iglesia católica que intentó definir su lugar dentro del mundo moderno. El 25 de enero de 1959, sin avisar a nadie, declaró ante los cardenales estupefactos reunidos en la abadía benedictina de San Pablo Extramuros que iba a convocar un concilio ecuménico. Había hecho por su cuenta un juicio crítico sobre la situación del mundo y de la Iglesia y había percibido que estábamos ante una nueva fase histórica: la del mundo moderno, con su ciencia, su técnica, sus libertades y derechos. La Iglesia tenía que ubicarse positivamente dentro de esta realidad que surgía. La actitud que había hasta entonces era de desconfianza y condena. El Papa entendía que este comportamiento llevaba a la Iglesia al aislamiento y a un estancamiento que le hacía daño.
Repitió el viejo dicho: vox temporis vox Dei (“la voz del tiempo es la voz de Dios”). Esto no significa, dijo, “que todo en el mundo tal como está sea la voz de Dios. Significa que todo porta un mensaje de Dios, bueno para que lo sigamos, malo para que lo cambiemos”.
En efecto, el Concilio Vaticano II se realizó en Roma (1962-1965), el Papa lo abrió, pero murió antes de su finalización (1963). Su espíritu, sin embargo, marcó todo el evento, con consecuencias hasta nuestros días.
Dos fueron sus lemas principales: aggiornamento y concilio pastoral. Aggiornamento es decir sí a lo nuevo, sí a la actualización de la Iglesia en su lenguaje, en su estructura y en su forma de presentarse al mundo. Concilio pastoral quería expresar una relación de apertura con la gente y con el mundo, de diálogo, de aceptación y de fraternidad. Así que nada de condena al modernismo y a la "Nouvelle Théologie" como se había hecho furiosamente antes. En lugar de doctrinas, diálogo, aprendizaje mutuo e intercambio.
Tal vez esta afirmación de Juan XXIII resuma todo su espíritu: “La vida del cristiano no es una colección de antigüedades. No se trata de visitar un museo o una academia del pasado. Esto, sin duda puede ser útil —como lo es la visita a los monumentos antiguos— pero no es suficiente. Se vive para progresar, si bien sacando provecho de las prácticas y de las experiencias del pasado, para ir siempre más lejos en el camino que Nuestro Señor nos va mostrando”.
De hecho, el Concilio puso a la Iglesia en el mundo moderno, participando de sus avatares y sus logros. La Iglesia en América Latina pronto se dio cuenta de que no solo existía el mundo moderno, sino el submundo del cual poco se había hablado en el Concilio. En Medellín (1969) y en Puebla (1979) se vio que la misión de la Iglesia en este submundo hecho de pobreza y opresión debía ser de promoción de la justicia social y de liberación.
Han pasado ya 50 años desde el Concilio. El mundo y el submundo cambiaron mucho. Han surgido nuevos desafíos: la globalización económico-financiera y la consecuente conciencia planetaria, la disolución del imperio soviético, las nuevas formas de comunicación social (internet, redes sociales y otras) que han unificado el mundo, la erosión de la biodiversidad, la percepción de los límites de la Tierra y la posibilidad de exterminio de la especie humana y con ella del proyecto planetario humano.
Con las categorías del Concilio Vaticano II no podemos atender esta nueva realidad amenazante. Todo apunta a la necesidad de un nuevo Concilio ecuménico. Ahora no se trata de convocar solamente a los obispos de la Iglesia Católica. Ante los peligros que tenemos que enfrentar, todo el Cristianismo, con sus Iglesias, está siendo desafiado. Precisamos tomar en serio la alianza que el gran biólogo E. Wilson proponía entre las Iglesias y las religiones y la tecnociencia, si es que queremos salvar la vida del planeta. (cf. La creación, Salvemos la vida en la Tierra, 2006). ¿Cómo pueden contribuir estas fuerzas religiosas a que todavía tengamos futuro? La supervivencia de la vida en la Tierra es el supuesto de todo. Sin ella, se desvanecen todos los proyectos y todo pierde sentido. Los cristianos deberán olvidar sus diferencias y polémicas y unirse para esta misión salvadora.
El Papa Francisco tiene la capacidad de convocar a la totalidad de las expresiones cristianas, a los hombres y a las mujeres, asesorados por personas de reconocido saber, incluso no religiosas, para identificar el tipo de colaboración que podemos ofrecer en la línea de una nueva conciencia de respeto, de veneración, de cuidado de todos los ecosistemas, de compasión, de solidaridad, de sobriedad compartida y de responsabilidad sin restricciones, pues todos somos interdependientes.
Con su forma de ser y de pensar el Papa Francisco despierta en todos nosotros la razón cordial, sensible y espiritual. Unida a la razón intelectual, protegeremos y cuidaremos, cuidaremos y amaremos esta única Casa Común que el universo y Dios nos han legado. Sólo así garantizaremos nuestra continuidad sobre la Tierra.          
 Página de Boff en Koinonía

Escuelas para Catequsitas "Santo Hermano Miguel" Arquidiócesis de Quito

Estámos muy alegres de poder acompañar alos/ las  catequistas en su formación,
tenemos para seguir formandonos La Escuela de Catequesis ON LINE....




lunes, 12 de agosto de 2013

Salmo 3... biblia para catequesis

“Me acuesto y me duermo…, y vuelvo a despertar.”

Ese es mi día, Señor, esa es mi vida. Los ritmos de mi cuerpo a tono con los ritmos de tu creación, con las estrellas de noche y con el resplandor de tu luz durante el día. Tuyo soy cuando trabajo y tuyo cuando duermo; tuyo cuando me mantengo de pie en la postura que me hace hombre y me permite mirar al cielo, y tuyo cuando me acuesto, con cansancio en el cuerpo y confianza en el alma, y me tumbo sobre la tierra que tú has creado para que me sostenga durante la vida y me reciba en la muerte, amparando mi cuerpo cuando tú recibas mi alma.
Iníciame, Señor, en los ritmos de la creación, en la intimidad con la tierra que sostiene mis pasos y el aire que llena mis pulmones. Iníciame en la sabiduría de las estaciones, los caminos de las estrellas, el ciclo de la luz y la sombra, y ensáñame así la lección fundamental, que siempre me repites y nunca acabo de comprender, de que, tanto como en la naturaleza, también en la gracia hay idas y venidas, día y noche, invierno y verano, marea alta y marea baja, alegría y tristeza, entusiasmo y escepticismo, certeza y dudas, sol y tinieblas.
Hace falta valor para ponerse de pie, y hace falta valor para acostarse. Y, más que nada, hace falta valor para aceptar la vida entera como un ciclo de levantarme y acostarme, como una trayectoria ondulante a la que he de adaptarme arriba y abajo, una y otra vez, en compañía del sol y la luna y los cielos y los vientos. Enséñame a respirar al unísono con la creación entera, Señor, para entrar de lleno en los ritmos de tu amor.
“De ti, Señor, viene la salvación,
Y la bendición sobre tu pueblo.”

San Romero de América

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