domingo, 27 de octubre de 2013

Salmo 7, para catequistas

Te llamo, Señor, "mi refugio" y "mi escudo", y en verdad lo eres, y yo quiero entender en tu presencia los modos y caminos que tienes de protegerme y defenderme. Al decir "refugio", no pienso en una cueva escondida en altas montañas donde yo fuera a huir lejos del alcance de mis enemigos; ni tampoco me imagino que tú pones un escudo ante mí para que nadie pueda herirme y yo salga ileso. Eso es protección externa mientras que tú estás dentro de mí.
Tú no me proteges desde fuera, sino desde dentro. No tengo que acogerme a ti, porque yo estoy en ti y tú estás en mí. Tú proteges mi cuerpo dándome un organismo sano, e informando mi alma con tu gracia. Tú me defiendes identificándote conmigo, y esa es mi fortaleza.
Cuando en la vida me encuentro con una dificultad y pienso en ti, no es para pedirte que quites la dificultad, sino que me des fuerzas para enfrentarme a ella; no es para imponerte a ti mi solución, sino para aceptar la tuya, sea la que sea; no es para forzarte a ver las cosas como yo las veo, sino para aprender a verlas como tú las ves. Tú eres mi fortaleza, porque tú eres mi ser.
Me oirás a veces, Señor, quizá demasiadas veces en estos Salmos, hablar de otros como "enemigos". Espero que entiendas mi lenguaje y adaptes su sentido. No es lenguaje de odio, sino de angustia; no desprecio a nadie, pero sufro por las acciones de otros y me desahogo ente ti con el lenguaje más breve que viene a mis labios. Vivo en un mundo regido por la competencia, donde el éxito del otro es una amenaza a mi propio avance, donde la mera existencia de millones a mi alrededor me quita a mí el sitio de vivir. Cada persona delante de mí en una cola es un "enemigo"; cada conductor que por una fracción de segundo se me adelanta a aparcar en el único sitio libre es mi "enemigo"; cada candidato que aspira al mismo puesto de trabajo que yo pido y necesito es mi "enemigo". Claro que todos ellos son mis hermanos, y yo los abrazo y los amo ante ti. No deseo mal a nadie, y no causaré mal a nadie a sabiendas. Aunque use lenguaje de guerra, estoy en paz con todos, y a todos los acepto en tu amor.
Lo que sí temo es que la competencia que sufro se vuelva injusta; que influencias, sobornos, engaños me priven a mí del puesto o la recompensa que en justicia merezco; ese es el contexto en el que la palabra "enemigo" ha surgido en mi lenguaje y se ha metido en mis oraciones. Por eso la protección que te pido es protección contra los medios injustos que otros usen para eliminarme, para que no caiga yo víctima de ellos y así no sienta la tentación de odiar a nadie. Protege mi vida y mi trabajo para que la palabra "enemigo" no tenga ya ocasión de asomarse a mis labios. Hazme justicia para que yo pueda creer en el hombre. Defiéndeme de la envidia para que se me haga fácil mirar con bondad a los que me rodean. Esa es la protección que de ti deseo, Señor.
"Yo daré gracias al Señor por su justicia,
Tañendo para el nombre del Señor Altísimo."

Meditation, Ecology and ecumenism

Meditation


Ecology and ecumenism
“God told Noah: ‘I will never again curse the earth because of man. So long as the earth lasts, sowing and reaping, heat and cold, summer and winter, day and night will not cease. I set my arc in the clouds, and this will be the sign of the alliance between me and the earth’.”
Noah is the great patriarch of ecology. He received from God the promise that he would never flood the earth again, of the seasons in their regularity and of the divine favour over al creation. And as a seal of the alliance came the image of the multicoloured arc over grey clouds in the rain. Man’s reconciliation with its surroundings. Friendship with nature. Ecological peace. The link with lost ages in the past, and the hoped for prosperity in the future. Privileged witness of the once threatened and now rescued history of humankind.
In its deepest dimension ecology is ecumenism because it unites men and women from all countries and creeds in our common relationship with nature and all that it represents in you and in fear, in usage and abuse, in respect to the forces of creation and the glimpse of the majesty hidden in them. We do well to rescue the religious dimension of ecology in order to unify and revitalize its potential for human redemption. We are vivified by that which unites. We are equal before the storm.
The recurring theme of the deluge is a warning before the abuse that exploits and impoverishes nature, and it is also a hope as humankind always comes out strengthened for a new beginning. It we heed the warning in time, we can avoid the trial. Let us keep listening

jueves, 10 de octubre de 2013

Escuela de Catequistas Santo Hermano Miguel

INICIAMOS YA CON LA FORMACIÓN DE LOS CATEQUISTAS

ARQUIDIÓCESIS DE QUITO

ESCUELA DE CATEQUISTAS SANTO HERMANO MIGUEL

EXTENCION  NORTE

EXTENCIÓN SUR


lunes, 7 de octubre de 2013

Meditation

“Look at the birds in the sky; they do not sow and reap and store in barns, yet your heavenly Father feeds them. Are you not worth more than the birds? Consider how the lilies grow in the field, they do not work, they do not spin; yet I tell you,, even Solomon in all his splendour was not attired like one of them. If that is how God clothes the grass in the fields, which is there today and tomorrow is thrown on the stove, will he  not all the more clothe you? How little faith you have!”
(The Sermon on the Mount)
Jesus lives close to nature, and as he speaks he takes form it his inspiration and his images. He preaches in the open and he days what he sees, and draws lessons from what he watches. The birds in the sky and the lilies in the field, the sower and the seed, the leaven and the mustard seed, the fig tree and the vine. Everything turns to teaching in his hands, because in everything he sees the presence of the Father who gives life to each being and sense to every situation. The gospel was born on the open fields of Galilee.
He himself tells us what we still need to reach such a vision and to acquire such confidence. He calls us “men of little faith”, thus pointing out our weakness and our poverty. We are shortsighted and superficial. We don’t see far, we don’t see inside, we don’t reach the mystery. We don’t see divine providence in a flower, we don’t see a man in the branches of a vine. We lack imagination, we lack depth, we lack faith. We are still to realize the extent of the incarnation by which God becomes man, he breathes the air we breathe and he walks on the earth on which we walk. His were the eyes of a man with the vision of God, and so he sees mysteries in the crops on the fields and prophecies in the clouds in the sky. With that he opens for us the eyes to see marvels in ordinary life and miracles all around us. Landscapes of living faith.
After the beginnings in creation comes the presence in the incarnation. Human nature, which was already holy as coming from the hands of God, becomes holier as it is taken up by God himself. The greatest union between matter and spirit, between man and God. Living contact between heaven and earth. Everything becomes sacred because God has been here.
“The sower went out…”. And from that moment nobody has been able to see a field without seen in it the seed, the word, the grace, the bushes that suffocate and the hundred per dent harvest. Jesus came…, and the whole world became a parable. It is up to us to understand it. 

Cuentos para reflexionar

El sentido de la vida
Al comienzo del tiempo hubo una chispa de conciencia que se encendió en el espacio infinito. Esta chispa era el espíritu del sol, llamado Tawa. Él fue quien creó el primer mundo: una enorme caverna poblada únicamente por insectos. Tawa observó durante unos instantes cómo se movían y, sacudiendo la cabeza, pensó que aquella población hormigueante era más bien estúpida. Entonces les envió a la Abuela Araña que dijo a los insectos:
- Tawa, el espíritu del sol que os ha creado, está descontento con vosotros porque no comprendéis en absoluto el sentido de la vida. Así que me ha ordenado que os conduzca al segundo mundo, que está por encima del techo de vuestra caverna.
Los insectos se pusieron a trepar hacia el segundo mundo. La ascensión era larga, tan larga y tan penosa que, antes de llegar al segundo mundo, se habían transformado en animales de cuatro patas. Tawa los contempló y dijo:
- Los seres que acaban de crearse no parecen menos estúpidos que los del primer mundo. Tampoco parecen capaces de comprender el sentido de la vida.
Entonces pidió a la Abuela Araña que los condujera al tercer mundo. En el transcurso de este nuevo viaje los animales se transformaron en hombres y mujeres. La Abuela Araña les enseñó el arte de la alfarería y del tejido. Los instruyó convenientemente, y en la frente de hombres y mujeres comenzó a despuntar un destello, una vaga idea del sentido de la vida.
Sin embargo las cosas no funcionaron tan bien porque los brujos malvados hicieron su aparición. Ellos solo se sentían a gusto en las tinieblas, así que extinguieron aquel destello de luz que había en la frente de los hombres. Los niños lloraban, los hombres peleaban y se lastimaban. Se olvidaron de que buscaban el sentido de la vida.
Entonces la Abuela Araña volvió a ellos y les dijo:
- Debo deciros que Tawa, el espíritu del sol, os ha visto y se siente defraudado. Habéis desperdiciado la luz que había brotado en vuestras frentes. Por consiguiente deberéis ascender al cuarto mundo. Pero esta vez tendréis que encontrar por vosotros mismos el camino.
Ningún hombre tenía idea de cómo ascender al cuarto mundo. Estuvieron en silencio un buen rato, mirándose unos a otros sin decir nada. Entonces en aquel silencio se oyó algo, y un anciano dijo:
- Creo haber oído ruido de pasos en el cielo.
Los demás asintieron. Habían oído a alguien andando por allá arriba. Deliberaron unos minutos y escogieron al pájaro sabio para explorar el cuarto mundo. El pájaro sabio se coló por un agujero del cielo y pasó al cuarto mundo donde descubrió un país semejante al desierto de Arizona. Sobrevoló el país y divisó a lo lejos una cabaña de piedra. Cuando se acercaba, vio la silueta de un hombre sentado contra una pared. Parecía dormido. Solo cuando el pájaro sabio se posó junto a él, el hombre despertó. En ese instante, al mirar a sus ojos y ver un resplandor aterrador, el pájaro sabio supo ante quién se encontraba: la Muerte.
- ¿No tienes miedo de mí? – le preguntó.
- No –respondió el pájaro–.  Vengo como enviado de los hombres y mujeres que habitan el mundo que está debajo de este. Quieren encontrar el sentido de la vida.
- Entonces que vengan. Solo encontrarán el sentido de la vida si saben vivir conmigo que soy la Muerte. La Muerte les abre la puerta a lo que hay después de la Muerte, y eso es lo que da sentido a la vida.
Los hombres y mujeres alcanzaron el cuarto mundo, escucharon los cuentos que les contaba la Muerte, tejieron con ellos las leyendas de su mundo y de todos los demás mundos, las pusieron por escrito, y ellas expresaron y declararon para siempre el sentido de la vida. Desde entonces los hombres y mujeres no necesitaron ya viajar a otro mundo.
(Cuentos Amerindios, Omar Kurdi y Pedro Palao Pons, Colección Sabiduría Ancestral, Ediciones Karma, Madrid 2010, pp. 64, 153)

miércoles, 2 de octubre de 2013

Dios no tiene miedo a las periferias, el Papa encuentra a los catequistas




Discurso del Papa Francisco
Queridos catequistas, ¡buenas tardes!
Me alegra que en el Año de la fe se lleve a cabo para ustedes este encuentro: la catequesis es una columna para la educación de la fe, y ¡se necesitan buenos catequistas! Gracias por este servicio a la Iglesia y en la Iglesia. También a veces puede ser difícil, se trabaja tanto, se empeña y no se ven los resultados deseados, ¡educar en la fe es bello! Es quizás la mejor herencia que podemos dar: ¡la fe! Educar en la fe, para que esta crezca. Ayudar a los niños, a los muchachos, a los jóvenes, a los adultos a conocer y a amar cada vez más al Señor, es una de las aventuras educativas más bellas, ¡se construye la Iglesia! ¡“Ser” catequistas! No trabajar como catequistas, ¡eh! ¡Eso no sirve! Yo trabajo como catequista porque me gusta enseñar… pero tú no eres catequista, ¡no sirve! ¡No serás fecundo! ¡No serás fecunda! Catequista es una vocación: “ser catequista”, esa es la vocación; no trabajar como catequista. Entiendan bien, no he dicho “hacer” el catequista, sino “serlo”, porque envuelve la vida. Se guía al encuentro con Jesús con las palabras y con la vida, con el testimonio. Recuerden aquello que Benedicto XVI nos ha dicho: “la Iglesia no crece por proselitismo. Crece por atracción”. Y eso que atrae es el testimonio. Ser catequista significa dar testimonio de la fe; ser coherente con la propia vida. Y esto no es fácil. ¡No es fácil! Nosotros ayudamos, nosotros guiamos hacia el encuentro con Jesús con las palabras y con la vida, con el testimonio. Me gusta recordar aquello que San Francisco de Asís decía a sus frailes: “prediquen siempre el Evangelio y si fuese necesario también con las palabras”. Pero antes el testimonio: que la gente vea en sus vidas el Evangelio, pueda leer el Evangelio. Y “ser” catequistas requiere amor, amor a Cristo cada vez más fuerte, amor a su pueblo santo. Y este amor no se compra en las tiendas; no se compra ni siquiera aquí en Roma. ¡Este amor viene de Cristo! ¡Es un regalo de Cristo! ¡Es un regalo de Cristo! Y si viene de Cristo parte de Cristo y nosotros debemos volver a partir desde Cristo, de este amor que nos da. Para un catequista, para ustedes, también para mí, porque también yo soy catequista ¿qué cosa significa este volver a partir de Cristo? ¿Qué cosa significa?
1.- Ante todo hablaré de tres cosas: uno, dos, tres, como hacían los viejos jesuitas… ¡uno, dos y tres! Antes que nada, volver a partir desde Cristo significa tener familiaridad con Él. Tener esta familiaridad con Jesús. Jesús lo recomienda con insistencia a los discípulos en la Última Cena, cuando se disponen a vivir con Él el don más alto de amor, el sacrificio de la Cruz. Jesús utiliza la imagen de la vid y de los sarmientos y dice: permanezcan en mi amor, permanezcan unidos a mí, como el sarmiento está unido a la vid. Si estamos unidos a Él podemos dar fruto, y ésta es la familiaridad con Cristo. ¡Permanecer en Jesús! Es un permanecer apegado a Él, dentro de Él, con Él, hablando con Él: pero, permanecer en Jesús.
La primera cosa, para un discípulo, es estar con el Maestro, escucharlo, aprender de Él. Y esto vale siempre, ¡es un camino que dura toda la vida, eh! Recuerdo, tantas veces en la diócesis, en la otra diócesis que tenía antes, de haber visto al final de los cursos en el seminario catequístico, a los catequistas que salían: “!tengo el título de catequista!”. Eso no sirve, no tienes nada: ¡has hecho un camino pequeñito, eh! ¿Quién te ayudará? ¡Esto vale siempre! No es un título, es una actitud: ¡estar con Él y dura toda la vida! Es un estar en presencia del Señor, dejarse mirar por Él. Yo les pregunto: “¿cómo están ustedes en presencia del Señor?” Cuando vas al Señor, miras el Tabernáculo, ¿qué cosa haces? Sin palabras… “Pero yo digo, digo, pienso, medito, siento…” ¡Muy bien! ¿Pero tú te dejas mirar por el Señor? ¡Dejarse mirar por el Señor! Él nos mira y esta es una forma de rezar. ¿Te dejas mirar por el Señor? “pero ¿cómo se hace?”. Mira el Tabernáculo y déjate mirar… ¡Es simple! “Es un poco aburrido, me duermo…”. ¡Duérmete! ¡Duérmete! Él te mirará lo mismo. Él te mirará lo mismo. ¡Pero estate seguro que Él te mira! Y esto es más importante que el título de catequista: es parte del ser catequista. Esto enardece el corazón, tiene encendido el fuego de la amistad con el Señor, te hace sentir que Él te mira verdaderamente, te es cercano y te quiere. En una de las salidas que he hecho, aquí en Roma, en una misa, se me acercó un señor, relativamente joven, y me dijo: “Padre, un gusto conocerlo. ¡Pero yo no creo en nada! ¡No tengo el don de la fe!”. Entendía que era un don… “¡No tengo el don de la fe! ¿Usted qué cosa me dice?”. “¡No te desconsueles. Él te quiere. Déjate mirar por Él! Nada más”. Y esto se los digo a ustedes. ¡Déjense mirar por el Señor! Entiendo que para ustedes no es tan fácil: especialmente para quien está casado y tiene hijos, es difícil encontrar un largo tiempo de calma. Pero, gracias a Dios, no es necesario, no es necesario que todos lo hagan de la misma manera, en la Iglesia hay variedad de vocaciones y variedad de formas espirituales; lo importante es encontrar la manera adecuada para estar con el Señor; y esto se puede, es posible en todo estado de vida. En este momento cada uno puede preguntarse: ¿cómo vivo yo este “estar” con Jesús? Esta es una pregunta que les dejo: “¿cómo vivo yo este estar con Jesús? ¿Este permanecer en Jesús?” ¿Tengo momentos en los que permanezco en su presencia, en silencio, me dejo mirar por Él? ¿Dejo que su fuego enardezca mi corazón? Si en nuestro corazón no existe el calor de Dios, de su amor, de su ternura, ¿cómo podemos nosotros, pobres pecadores, enardecer el corazón de los demás? ¡Piensen en esto, eh!
2. El segundo elemento es éste. Segundo: volver a partir de Cristo significa imitarlo en el salir de sí mismo e ir al encuentro del otro. Ésta es una experiencia hermosa, y un poco paradójica. ¿Por qué? Porque nos coloca al centro de la propia vida ¡Cristo se descentraliza! Mientras más te unes a Jesús y Él se vuelve el centro de tu vida, más Él te hace salir de ti mismo, te descentraliza y te abre a los otros. Este es el verdadero dinamismo de amor, ¡éste es el movimiento de Dios mismo! Dios es el centro, pero es siempre don de sí mismo, relación, vid que se comunica… Así nos transformamos si permanecemos unidos a Cristo, Él nos hace entrar en este dinamismo del amor. Pero siempre es don de sí, relación, vida que se comunica. Así también nosotros nos convertimos, si permanecemos unidos a Cristo, Él nos hace entrar en este dinamismo del amor. Donde hay verdadera vida en Cristo, hay apertura hacia el otro, hay salida de sí para ir al encuentro del otro en el nombre de Cristo. Y este es el trabajo del catequista: salir continuamente de sí por amor, para testimoniar a Jesús y hablar de Jesús, predicar a Jesús. Pero esto es importante porque lo hace el Señor: es precisamente el Señor que nos empuja a salir. El corazón del catequista vive siempre este movimiento de “sístole - diástole”: Unión con Jesús - encuentro con el otro. Son las dos cosas: yo me uno a Jesús y salgo al encuentro con los demás. Si falta uno de estos dos movimientos el corazón no late más, no puede vivir. Recibe como don el kerigma, y a su vez lo ofrece como don. Esta palabrita: don. El catequista es consciente que ha recibido un don, el don de la fe, y lo da como don a los otros. Y esto es hermoso… y por esto no se saca un porcentaje, ¿eh? ¡Todo lo que recibe, lo da! ¡Esto no es un negocio! ¡No es un negocio! Es don puro: don recibido y don transmitido. Y el catequista está allí, en este cruce de dones. Es así en la naturaleza misma del kerigma: es un don que genera misión, que empuja siempre más allá de nosotros mismos. San Pablo decía: «El amor de Cristo nos empuja», pero aquel “nos empuja” se puede traducir también “nos posee”. Y así: el amor te atrae y te envía, te toma y te dona a los demás. En esta tensión se mueve el corazón del cristiano, en particular el corazón del catequista. Preguntémonos todos: ¿es así que late mi corazón de catequista: unión con Jesús y encuentro con el otro? ¿Con este movimiento de “sístole y diástole”? Se alimenta en la relación con Él, pero ¿para llevarlo a los demás y no para retenerlo? Les digo una cosa: no entiendo cómo un catequista pueda quedarse quieto, sin este movimiento. ¡No entiendo!
3. Y el tercer elemento - tres - se encuentra siempre en esta línea: volver a partir de Cristo significa no tener miedo de ir con Él a las periferias. Aquí me viene a la mente la historia de Jonás, una figura verdaderamente interesante, especialmente en nuestros tiempos de cambios y de incertidumbres. Jonás es un hombre pío, con una vida tranquila y ordenada, esto lo lleva a tener sus esquemas bien claros y a juzgar todo y a todos con estos esquemas, de manera rígida. Tiene todo claro, la verdad es esta… ¡Es rígido!
Por eso cuando el Señor lo llama y le dice ir a predicar a Nínive, la gran ciudad pagana, Jonás no se siente capaz. “¡Ir allá! ¡Pero si yo tengo toda la verdad aquí! No se siente capaz… Nínive está fuera de sus esquemas, está en la periferia de su mundo. Y entonces escapa, huye, se va a España, se embarca en una nave que va por esos lados. ¡Vuelvan a leer el Libro de Jonás! Es breve, pero es una parábola muy instructiva, especialmente para nosotros que estamos en la Iglesia.
¿Qué cosa nos enseña? Nos enseña a no tener miedo de salir de nuestros esquemas para seguir a Dios, porque Dios va siempre más allá. Pero ¿saben una cosa? ¡Dios no tiene miedo! ¿Sabían esto ustedes? ¡No tiene miedo! ¡Está siempre más allá de nuestros esquemas! Dios no tiene miedo de las periferias. Por eso, si ustedes van a las periferias lo encontrarán allí. Dios es siempre fiel, es creativo. Pero por favor, no se entiende un catequista que no sea creativo. Y la creatividad es como la columna del ser catequista. Dios es creativo, no es cerrado, y por esto jamás es rígido, ¡Dios no es rígido! Nos acoge, nos viene al encuentro, nos comprende. Para ser fieles, para ser creativos, es necesario saber cambiar. Saber cambiar. ¿Y por qué debo cambiar? Es para adecuarme a las circunstancias en las que debo anunciar el Evangelio. Para permanecer con Dios en necesario saber salir, no tener miedo de salir. Si un catequista se deja llevar por el miedo, es un cobarde; si un catequista se está ahí tranquilo termina por ser una estatua de museo: ¡y tenemos tantas eh! ¡Tenemos tantas! ¡Por favor, ninguna estatua de museo! Si un catequista es rígido se vuelve acartonado y estéril. Les pregunto: ¿alguno de ustedes quiere ser cobarde, estatua de museo o estéril? ¿Alguno lo quiere? (catequistas ¡No!) ¿No? ¿seguro? ¡Bien! Pero lo que les diré ahora lo he dicho tantas veces. Pero me viene del corazón decirlo. Cuando nosotros cristianos estamos cerrados en nuestro grupo, en nuestro movimiento, en nuestra parroquia, en nuestro ambiente, permanecemos cerrados y nos pasa lo que le pasa a todo aquel que es cerrado: cuando una habitación está cerrada empieza el olor de humedad… y si una persona está encerrada en ese cuarto, ¡se enferma! Cuando un cristiano está cerrado en su grupo, en su parroquia, en su movimiento está cerrado, se enferma. Si un cristiano sale por las calles en las periferias, puede pasarle aquello que sucede a cualquier persona que va por la calle: un accidente… Tantas veces hemos visto accidentes de tráfico… pero les digo: ¡prefiero mil veces una iglesia accidentada y no una iglesia enferma! ¡Una iglesia, un catequista que tenga el valor de arriesgar para salir y no un catequista que sabe todo, pero cerrado siempre y enfermo.
Y a veces enfermo de la cabeza…
Pero ¡atención! Jesús no dice: vayan, arréglenselas. ¡No! ¡No dice eso! Jesús dice: ¡vayan, estoy con ustedes! Ésta es nuestra belleza y nuestra fuerza: si nosotros vamos, si nosotros salimos a llevar su Evangelio con amor, con verdadero espíritu apostólico, con parresia, Él camina con nosotros, nos precede, nos “primerea”. ¡El Señor siempre nos primerea! Ya han aprendido el sentido de esta palabra. ¡Y esto lo dice la Biblia eh! No lo digo yo. La Biblia dice, el Señor dice en la Biblia: “yo soy como la flor del almendro”. ¿Por qué? Porque es la primera flor que florece en la primavera. Él es siempre “primero”. ¡Él es primero! Esto es fundamental para nosotros: ¡Dios siempre nos precede! Cuando pensamos ir lejos, a una periferia extrema, y quizás tenemos un poco de temor, en realidad Él ya está allá: Jesús nos espera en el corazón de aquel hermano, en su carne herida, en su vida oprimida, en su alma sin fe. Pero ustedes saben, una de las periferias que me hace tanto mal, que siento dolor -la vi en la diócesis que tenía antes-, es aquella de los niños que no saben hacerse la señal de la cruz. En Buenos Aires hay tantos niños que no saben hacerse el signo de la cruz. Esta es una periferia ¡eh! Se necesita ir ahí. Y Jesús está allí, te espera para ayudar a ese niño a hacerse el signo de la cruz. Él nos precede siempre.Queridos catequistas, los tres puntos terminaron… ¡siempre volver a partir de Cristo! Les digo gracias por aquello que hacen, pero sobre todo porque están en la Iglesia, en el Pueblo de Dios en camino. Permanezcamos con Cristo, permanecer en Cristo, busquemos cada vez más de ser una cosa sola con Él; sigámoslo, imitémoslo en su movimiento de amor, en su ir al encuentro del hombre; y salgamos, abramos las puertas, tengamos la audacia de trazar nuevas vías para el anuncio del Evangelio. Que el Señor los bendiga y la Virgen los acompañe. ¡Gracias!

La vocación de ser catequista


La vocación del catequista es «ser» más bien que «hacer». Por ello quien educa en la fe debe guiar «al encuentro con Jesús con las palabras y con la vida, con el testimonio», sin tener miedo de «salir» de los propios esquemas para seguir a Dios, porque «Dios va siempre más allá». Lo recordó el Papa Francisco a los participantes en el congreso internacional de catequesis, a quienes recibió en audiencia el viernes 27 de septiembre, por la tarde, en el aula Pablo VI.
Para el Pontífice ser catequista requiere en primer lugar «amor» a Jesús y al pueblo de Dios. «Y este amor – explicó – «no se compra en las tiendas», sino que «viene de Cristo» y «es un regalo de Cristo».
¿Qué hacer entonces para ser buenos catequistas? «Hablaré de tres cosas: uno, dos y tres –dijo–,  como hacían los viejos jesuitas... Uno, dos y tres». Lo primero es «estar con el Maestro, escucharle, aprender de Él. Y esto vale siempre, es un camino que dura toda la vida». El segundo elemento es el siguiente: Caminar desde Cristo significa imitarle en el salir de sí e ir al encuentro del otro. Ésta es una experiencia hermosa y un poco paradójica. ¿Por qué? Porque quien pone a Cristo en el centro de su vida, se descentra. Cuanto más te unes a Jesús y Él se convierte en el centro de tu vida, tanto más te hace Él salir de ti mismo, te descentra y te abre a los demás». Finalmente el tercer elemento «va siempre en esta línea: caminar desde Cristo significa no tener miedo de ir con Él a las periferias».
Y en cuanto al modelo de catequista en el que piensa el Papa lo explicitó: «Si un cristiano sale a la calle – es el ejemplo que usó el Pontífice – a las periferias, puede sucederle lo que a cualquiera que va por la calle: un percance... Pero les digo una cosa: prefiero mil veces una Iglesia accidentada y no una Iglesia enferma», y «un catequista que se atreva a correr el riesgo de salir y no un catequista que estudie, sepa todo, pero que se quede encerrado».
 

El Papa a los catequistas en el Año de la Fe: Custodiar y alimentar la memoria de Dios


(ER RV)

Texto completo de la homilía del Santo Padre Francisco:
1. «¡Ay de los que se fían de Sión,... acostados en lechos de marfil!» (Am 6,1.4); comen, beben, cantan, se divierten y no se preocupan por los problemas de los demás.
Son duras estas palabras del profeta Amós, pero nos advierten de un peligro que todos corremos. ¿Qué es lo que denuncia este mensajero de Dios, lo que pone ante los ojos de sus contemporáneos y también ante los nuestros hoy? El riesgo de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar. Es la misma experiencia del rico del Evangelio, vestido con ropas lujosas y banqueteando cada día en abundancia; esto era importante para él. ¿Y el pobre que estaba a su puerta y no tenía para comer? No era asunto suyo, no tenía que ver con él. Si las cosas, el dinero, lo mundano se convierten en el centro de la vida, nos aferran, se apoderan de nosotros, perdemos nuestra propia identidad como hombres: miren bien, el rico del Evangelio no tiene nombre, es simplemente «un rico». Las cosas, lo que posee, son su rostro, no tiene otro.
Pero intentemos preguntarnos: ¿Por qué sucede esto? ¿Cómo es posible que los hombres, tal vez también nosotros, caigamos en el peligro de encerrarnos, de poner nuestra seguridad en las cosas, que al final nos roban el rostro, nuestro rostro humano? Esto sucede cuando perdemos la memoria de Dios. "Ay de los que se fían de Sión", decía el profeta. Si falta la memoria de Dios, todo queda comprimido en el yo, en mi bienestar. La vida, el mundo, los demás, pierden consistencia, ya no cuentan nada, todo se reduce a una sola dimensión: el tener. Si perdemos la memoria de Dios, también nosotros perdemos la consistencia, también nosotros nos vaciamos, perdemos nuestro rostro como el rico del Evangelio. Quien corre en pos de la nada, él mismo se convierte en nada, dice otro gran profeta, Jeremías (Cf. Jr 2,5). Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, no a imagen y semejanza de de las cosas, de los ídolos.
2. Entonces, mirándoles a ustedes, me pregunto: ¿Quién es el catequista? Es el que custodia y alimenta la memoria de Dios; la custodia en sí mismo y sabe despertarla en los demás. Qué bello es esto: hacer memoria de Dios, como la Virgen María que, ante la obra maravillosa de Dios en su vida, no piensa en el honor, el prestigio, la riqueza, no se cierra en sí misma. Por el contrario, tras recibir el anuncio del Ángel y haber concebido al Hijo de Dios, ¿qué es lo que hace? Se pone en camino, va donde su anciana pariente Isabel, también ella encinta, para ayudarla; y al encontrarse con ella, su primer gesto es hacer memoria del obrar de Dios, de la fidelidad de Dios en su vida, en la historia de su pueblo, en nuestra historia: «Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Cf. Lc 1,46.48.50). María tiene memoria de Dios.
En este cántico de María está también la memoria de su historia personal, la historia de Dios con ella, su propia experiencia de fe. Y así es para cada uno de nosotros, para todo cristiano: la fe contiene precisamente la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios, que es el primero en moverse, que crea y salva, que nos transforma; la fe es memoria de su Palabra que inflama el corazón, de sus obras de salvación con las que nos da la vida, nos purifica, nos cura, nos alimenta. El catequista es precisamente un cristiano que pone esta memoria al servicio del anuncio; no para exhibirse, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor y su fidelidad. Hablar y transmitir todo aquello que Dios ha revelado. La doctrina en su totalidad. Sin quitar ni agregar.
San Pablo recomienda a su discípulo y colaborador Timoteo sobre todo una cosa: Acuérdate, acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, a quien anuncio y por el que sufro (Cf. 2 Tm 2,8-9). Pero el Apóstol puede decir esto porque él es el primero en acordarse de Cristo, que lo llamó cuando era un perseguidor de los cristianos, lo conquistó y transformó con su gracia.
El catequista, pues, es un cristiano que lleva consigo la memoria de Dios, se deja guiar por la memoria de Dios en toda su vida, y la sabe despertar en el corazón de los otros. Esto requiere esfuerzo. Compromete toda la vida. El mismo Catecismo, ¿qué es sino memoria de Dios, memoria de su actuar en la historia, de su haberse hecho cercano a nosotros en Cristo, presente en su Palabra, en los sacramentos, en su Iglesia, en su amor? Queridos catequistas, les pregunto: ¿Somos nosotros memoria de Dios? ¿Somos verdaderamente como centinelas que despiertan en los demás la memoria de Dios, que inflama el corazón?
3. «¡Ay de los que se fían de Sión!», dice el profeta. ¿Qué camino se ha de seguir para no ser «superficiales», como los que ponen su confianza en sí mismos y en las cosas, sino hombres y mujeres de la memoria de Dios? En la segunda Lectura, san Pablo, dirigiéndose de nuevo a Timoteo, da algunas indicaciones que pueden marcar también el camino del catequista, nuestro camino: Tender a la justicia, a la piedad, a la fe, a la caridad, a la paciencia, a la mansedumbre (Cf. 1 Tm 6,11).
El catequista es un hombre de la memoria de Dios si tiene una relación constante y vital con él y con el prójimo; si es hombre de fe, que se fía verdaderamente de Dios y pone en él su seguridad; si es hombre de caridad, de amor, que ve a todos como hermanos; si es hombre de «hypomoné», de paciencia y de perseverancia, que sabe hacer frente a las dificultades, las pruebas y los fracasos, con serenidad y esperanza en el Señor; si es hombre amable, capaz de comprensión y misericordia.
Pidamos al Señor que todos seamos hombres y mujeres que custodian y alimentan la memoria de Dios en la propia vida y la saben despertar en el corazón de los demás. Amén.

Ante lo sucedido en Chile... Omar Mantilla

Es impresionante concer lo suedido en Chile, la renuncia de todos los obispos sin duda no es lo más mportante pero si nos marca y me da verg...