jueves, 11 de diciembre de 2014

Guadalupe....Juan Diego

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
Fiesta: 12 de diciembre


























Entre los primeros indígenas mexicanos bautizados por los misioneros franciscanos a principios del siglo XVI se encontraba Juan Diego, un sencillo hombre que iba todos los sábados a aprender la religión de Cristo y a la misa al pueblo de Tlatelolco.
El sábado 9 de diciembre de 1531, cuando Juan Diego pasaba por el cerro del Tepeyac para llegar a Tlatelolco, escuchó el canto de muchos pájaros y una voz que le decía: "Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?". Al voltear Juan Diego vio una Señora muy hermosa.
La Señora le dijo que ella era la Virgen María y le pidió que le comunicara al obispo que ella quería que se edificara un templo allí.
Juan Diego obedeció, pero el obispo no le creyó. Entonces volvió al cerro del Tepeyac a pedirle a la Virgen que mejor mandara a un hombre más importante porque a él no le creían. Entonces la Virgen le dijo que volviera el domingo a ver al obispo. En ese encuentro el obispo le pidió a Juan Diego un signo de la Virgen.
Juan Diego no pudo ir al día siguiente al Tepeyac, pues su tío Bernardino estaba muy enfermo y fue por un médico. El martes, al pasar por el cerro para ir por un sacerdote que confesara a su tío, se le apareció la Virgen y le dijo: "Juanito, Juan Dieguito; ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿Por qué te preocupas?”. Después, le hizo saber que su tío ya estaba curado y le pidió que subiera a la punta del cerro a cortar unas rosas y las guardara en su tilma. Juan Diego se sorprendió de aquella orden, pues era invierno y no era tiempo de rosas. Sin embargo, obedeció y encontró las rosas tal como la Virgen le había dicho. Esas rosas fue lo que llevó como prueba al obispo.
Al soltar su tilma frente al obispo, las rosas cayeron al suelo y apareció dibujada en la tela la preciosa imagen de la Virgen de Guadalupe. Fue entonces cuando el Obispo creyó que la Virgen quería que le construyeran en ese lugar un templo.
La tilma permaneció un tiempo en la capilla del obispo Fray Juan de Zumárraga. El 26 de diciembre de 1531 la trasladaron a una ermita construida al pie del Tepeyac, custodiada por el mismo Juan Diego.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Meditation

An Indian story. There was a holy man who lived in sanctity and penance in the middle of the forest, he fed on the fruits of the trees and on roots in the ground, and he drank from the river near his hut. He wore just a loincloth, with another to change it, and he spent the whole day worshiping God’s majesty and praising his glory.
But there were mice in the forest, and while he was immersed in his prayers they nibbled at the other loincloth, thus spoiling it. Something had to be done.
Devout people from neighbouring villages who came to visit him and to ask for his blessing suggested the remedy. The presence of a cat would make the mice keep their distance. They brought him a cat, and the loincloth was safe.
But now the cat had to be fed. Cats like milk, and so the devotees gave him a cow. But then the cow had to eat also. So they gifted the holy man the adjoining fields for the cow to eat grass. He had only to mind the fields and keep them fertile for the grass to grow. And then, of course, he had to milk the cow for the cat to drink its milk and so to be able to drive the mice away and to protect the loincloth hanged up to dry. The monk did accordingly, yielding to the devotion and the care shown by his devotees.
Everything went on smoothly till the day in which he realized he was not praying any more. His time was spent in the fields and in the care of the cow and the cat. He had no time, and no inclination to do anything else. He had become a landowner. The devout people around ceased to visit him. They said his blessing had no effect any more

Meditacion

Un cuento indio. Había un asceta, santo y penitente, que vivía en la selva, lejos de caminos humanos; se sustentaba de los frutos de los árboles y las raíces del suelo, y bebía del agua cristalina del río que fluía por bosque junto a su cabaña. Vestía solo un taparrabos y guardaba otro para cambiarse. Y pasaba todo el día en la contemplación sagrada del Dios que había hecho esas maravillas.
Pero había ratones en la selva, y mientras él estaba en oración le roían el taparrabos que había puesto a secar. Pronto quedó inservible. Había que hacer algo.
Los vecinos devoto de aldeas cercanas y lejanas que lo visitaban para pedirle su bendición le indicaron el remedio. La presencia de un gato ahuyenta los ratones. Le trajeron un gato, y el taparrabos quedó a salvo. Pero ahora había que darle de comer al gato. Al gato le gusta la leche. Los siempre devotos visitantes le regalaron una vaca. Luego ¿qué comerá la vaca? Hierba, ya se entiende. Pues le regalaron unos campos para que pastara la vaca. El ermitaño sólo tenía que cuidar de los campos, regarlos, abonarlos, cortar hierba para cuando hiciera falta. Y luego ordeñar la vaca para que diera leche y comiera el gato y espantara a los ratones y quedara protegido el taparrabos de cambio. Así lo hizo el monje, dejándose llevar por el cariño y la sabiduría práctica de sus fieles devotos.
Hasta que un día cayó en la cuenta de que ya no hacía oración. Se le pasaba todo el tiempo entre los campos, la vaca y el gato. No tenía tiempo. No tenía ganas. Se había convertido en terrateniente. Y los vecinos devotos dejaron de visitarlo. Decían que su bendición ya no surtía efecto

Salmo 29 Catequistas

Quiero repasar mis altibajos de humor ante mí mismo y ante vos, Señor. Quiero saber cómo tratarme a mí mismo cuando estoy alegre y cuando estoy triste, cómo manejar mi optimismo y mi pesimismo, cómo reaccionar ante el gozo espiritual y la depresión humana, y sobre todo cómo navegar las mareas de mis sentimientos, los cambios de humor, la tormenta súbita y la bendición inesperada, la oscuridad y la luz y la incertidumbre que nunca me deja saber cuánto durará un estado y cuándo se cambiará al opuesto.
Estoy a merced de mis cambios de humor. Cuando estoy alegre todo resulta fácil, la virtud resulta espontánea, el amor es sincero, y con todo eso un sentimiento de que siempre será así y no tengo ya que preocuparme de nada. Ya he llegado, ya he conseguido, ya he madurado en la vida y controlo la situación. He tenido altos y bajos, y sé que todavía habrá pequeños cambios y variaciones, pero fundamentalmente ya me lo sé todo y no temo novedades. Tengo experiencia en los caminos del espíritu y sé muy bien por donde ando. Estoy bien equilibrado por la gracia de Dios.
Tú me conoces bien, Señor, y tú mismo es quien ha puesto esas palabras en mis labios a invitarme a recitar el salmo de tu biblia: “No tengo preocupaciones, y nada ya me derrocará.” Pero eso me llevó a fiarme de mí mismo, a presumir, a bajar la guardia. Llegué a pensar de verdad que nada podía derrocarme.
Pero luego el salmo sigue, como también sigue mi vida. “Pero entonces, Señor, tú tuviste a bien sacudir mi refugio en la montaña. Tú escondiste tu rostro, yo me hundí en la miseria. Fallaron mis cimientos y mi desesperación fue tan total y absoluta como antes lo había sido mi orgullo. Ahora no valgo para nada, no aprenderé nunca, después de largos años me encuentro todavía al principio de mi vida espiritual. No sé rezar, no sé meditar, no sé cómo guardar la paz en mi alma, no sé cómo tratar con Dios. Ni lo sé ahora ni lo sabré nunca. Ya puedo resignarme a una existencia rutinaria e inútil. Las estrellas no se hicieron para mí.
Cuando me hundo, me olvido de que antes estaba bien alto, y creo que ya nunca volveré a subir; y luego cuando estoy arriba me convenzo de que siempre será así y no tengo nada que temer. Tengo poca memoria… y mucho que sufrir. Soy esclavo de mis sentimientos, juguete de la brisa que vuela a mi alrededor. No tengo la firmeza, la continuidad, la perseverancia del buen trabajador. Con frecuencia tropiezo y caigo. Quiero más equilibrio en mi vida, más perspectiva, más paciencia. Quiero los horizontes que tú muestras a los que acuden a ti y se fían de ti.
Ésta es mi oración, Señor: que cuando esté arriba me acuerde que antes estaba abajo, y que cuando esté abajo confíe en que volveré a estar arriba. Entonces podré decir: “Te alabaré por siempre, Señor.”

Psalm 29 – Moods of the soul

I want to uncover the moods of my soul before myself and before you, Lord. I want to know how to deal with myself when I am high and when I a low, to handle my optimism and my pessimism, to learn how to react to spiritual joy and to human dejection: and, above all, how to ride the tides of feelings, the changes of mood, the sudden storm and the unexpected bliss, the darkness and the light, and the uncertainty that never allows me to know how long a mood will last and when the opposite mood will strike.
I am at the mercy of my moods. When I feel joyful, everything looks easy, virtue is obvious, love is spontaneous and a firm assurance grows on me that this is the way it will be with me from now on and for ever. Yes, I tell myself, I have finally arrived, I have matured in my spiritual life, I have myself well in hand, I have gone through ups and downs, and I know there will still be small changes and variations, but fundamentally I know now what to expect, I am well established and nothing will seriously shake me now. I am an old-timer in the ways of the spirit and I know perfectly well where I stand. Through God’s grace I am firm and steady.
You know me well, Lord, and you yourself put those words on my lips when you invite me to recite this psalm: “Carefree as I was, I had said: I can never be shaken.” That was my unwarranted confidence, my immature boast. I really thought I could never now be shaken.
And then your psalm continued as my life continues: “But, Lord, it was your will to shake my mountain refuge: you hid your face, and I was struck with dismay.” I was shaken again to my very foundations, and then my despair was as total and absolute as my boast had been before. I am good for nothing, I shall never learn, I am now after so many years right where I was at the beginning of my spiritual life, I don’t know how to pray, how to keep peace in my soul, how to deal with God: I don’t know, and I’ll never learn now; I can just as well give up and resign myself to a low and humdrum existence. The stars are not for me.
When I am down, I forget that I ever was up, and think I shall never be up again: and when I am up and high…, I persuade myself that that is the way it’ll  always be, and there’s nothing to fear any more. My memory is short…, and so my suffering is long. I am the slave of my moods, the plaything of the breeze that blows on my soul. Hot when it is hot, and cold when it is cold. I lack the persevering steadfastness of the seasoned worker, the proven seeker. I waver and stumble and fall. I want a greater balance for my life, a larger perspective, a truer patience. I want for me the long-term view that experience in your ways gives to those who know and trust you.
For this I pray: that when I am in high spirits, I may remember that I was low before: and that when I am low, I may trust that the high spirits will come again. Then truly “I will confess you for ever, O Lord my God.”

VOLVER A JESUCRISTO. RECUPERAR LA FRESCURA ORIGINAL DEL EVANGELIO

24/03/2014 - VOLVER A JESUCRISTO. RECUPERAR LA FRESCURA ORIGINAL DEL EVANGELIO Conferencias de José Antonio Pagola Video VOLVER A J...