lunes, 13 de abril de 2015

Meditación 2

“Ya sé lo que me vas a decir.” Ésas fueron sus primeras palabras antes de que yo pudiera abrir la boca. Y a mí no me gustó. Me dieron ganas de volverme y marcharme. Si él ya sabía lo que yo le iba a decir, ¿para qué iba yo a decírselo? De hecho yo mismo no tenía nada pensado para decírselo en aquel momento. Yo sólo iba a verlo a charlar un rato sin nada concreto que hacer. No iba a decirle nada en particular. Pero él lo sabía. Él sabía lo que había en mi mente aunque yo no lo supiera. Y eso es totalmente injusto. Yo tengo mis principios, mis opiniones, mis decisiones, y mis amigos saben mi carácter y respetan mis convicciones. Pero tampoco soy tan rígido, soy espontáneo y estoy vivo, escucho, reflexiono, reacciono, puedo cambiar de opinión si encuentro otra mejor, y puedo aceptar el pensamiento de otro si me parece oportuno. De hecho no me gusta repetirme.
No me gusta que me aten, que me inmovilicen, que me pongan en un marco. Me dejo libre a mí mismo, y mañana puedo decir algo distinto de hoy si lo veo de otra manera. Si me dice que ya sabe lo que le voy a decir, le contesto que no me conoce, porque yo mismo no lo sé. Yo soy libre. Lo divertido es que yo mismo no me conozco a mí mismo del todo, y ahora viene este otro diciendo que me conoce. Déjame libre para ser yo mismo, para descubrirme a mí mismo, para disfrutar encontrándome a mí mismo.

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