martes, 2 de febrero de 2016

Beato José Sánchez del Río

BEATO JOSÉ SÁNCHEZ DEL RÍO
Fiesta: 10 de febrero



José Sánchez del Río (Joselito) nació el 28 de marzo de 1913, en Sahuayo, Michoacán, México. En 1926 estalló en México la guerra Cristera, en la que el gobierno perseguía y asesinaba a todos los cristianos que no cumplían los mandatos impuestos (que eran una gran prohibición de cosas para la Iglesia) o que hicieran pública su fe. Los hermanos de José se unieron a las fuerzas cristeras, que eran las que defendían su fe y combatían a este gobierno, y José también quiso unirse, pero su madre no se lo permitió en un principio.
Logró unirse al fin, y  durante una lucha muy dura el 6 de febrero de 1928, el caballo del general fue impactado por las balas enemigas, entonces José le dio el suyo diciéndole, "Aquí está mi caballo. Usted hace más falta a la causa que yo". Las tropas del gobierno hicieron prisionero a José y lo encerraron en la sacristía de la iglesia local.
El proceso y ejecución de José fue presenciado por dos niños amigos de su infancia, que luego lo narraron todo. El viernes 10 de febrero lo sacaron de la parroquia al mesón general del ejército federal. Le cortaron las plantas de los pies, haciéndolo derramar inmediatamente la sangre, lo condujeron descalzo (pues tenía los pies desollados) hasta el panteón Municipal. Los del ejército le decían que renegara de su fe para salvarse, pero él en todo el trayecto, iba dando gritos y vivas a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe.
Al llegar al lugar donde habían cavado su tumba, José, con tan sólo 14 años, fue ahorcado y acuchillado por sus verdugos.
José Sánchez del Río fue beatificado junto con otros 11 mártires mexicanos de la defensa religiosa el 20 de noviembre de 2005. El 22 de enero de 2016 el papa Francisco aprobó su canonización, que se llevará a cabo durante este año.

Meditacion

Cuento indio. Había un asceta, santo y penitente, que vivía en la selva, lejos de caminos humanos, se sustentaba de los frutos de los árboles y las raíces del suelo, y bebía del agua cristalina del río que fluía por el bosque de su cabaña. Vestía sólo un taparrabos y guardaba otro para cambiarse. Y pasaba todo el día en la contemplación sagrada del Dios que había hecho esas maravillas.
Pero había ratones en la selva, y mientras él estaba en oración le roían el taparrabos que había puesto a secar. Pronto quedó inservible. Había que hacer algo.
Los vecinos devotos de aldeas cercanas y lejanas que lo visitaban para pedirle su bendición le indicaron el remedio La presencia de un gato ahuyenta los ratones. Le trajeron un gato y el taparrabos quedó a salvo. Pero ahora había que darle de comer al gato. Al gato le gusta la leche. Los siempre devotos visitantes le regalaron una vaca. ¿Qué comerá la vaca? Hierba, ya se entiende. Pues le regalaron unos campos para que pastara la vaca. El ermitaño sólo tenía que cuidar de los campos, regarlos, abonarlos, cortar hierba para cuando hiciera falta. Y ordeñar a la vaca para que diera leche y comiera el gato y espantara a los ratones y quedara protegido el taparrabos de cambio. Así lo hizo el monje, dejándose llevar por el cariño y la sabiduría práctica de sus fieles devotos
Hasta que un día cayó en la cuenta de que ya no hacía oración. Se le pasaba todo el tiempo entre los campos, la vaca y el gato No tenía tiempo. No tenía ganas. Se había convertido en terrateniente. Y los vecinos devotos dejaron de visitarlo. Decían que su bendición ya no surtía efecto

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