martes, 6 de diciembre de 2016

Meditación


“Te vi sonreír en la capilla ante el sagrario”, me dijo una vez un amigo en días de juventud. Yo me sonrojé. Era verdad que había sonreído, y al ver ahora que alguien me había visto, me hizo ponerme colorado. No que eso me avergonzase en modo alguno, al contrario, me hacía feliz el que mi trato íntimo con Jesús había tenido un testigo; pero la misma intensidad del sentimiento se me subió a las mejillas y me encendió el rostro. Era verdad, yo había ido a la capilla, había hablado con Jesús, había sentido sus respuestas, y la alegría del corazón se me había subido a las mejillas. Alguien lo había observado y me lo había dicho. Inocencia bendita de un primer amor. El descubrimiento de la persona de Jesús en mi adolescencia, el calor de su amistad, a realidad de su presencia, la majestad de su divinidad, y el encanto de su trato humano conmigo formaron la base sólida de todo lo que luego había de venir como devoción y oración en toda mi vida. Quizá fuera algo demasiado antropológico, pero la fuerza y el calor y el sentimiento que la amistad personal con Jesús me trajo en los primeros años de juventud fue tan intensa y tan real que sin ella yo no entendería el resto de mi vida de oración. Sería demasiado antropológico quizá, pero la fuerza y el calor y el sentimiento de la amistad personal con Jesús trajo a mis años jóvenes una experiencia tan intensa y real que sin ella no podría yo entender mi propia vida – por muchos y variados capítulos que se fueron añadiendo año tras año. De hecho (y esto ya apunta a futuros conflictos) esa relación fue tan profunda y tan intensa que más adelante tuve dificultad en progresar en la vida espiritual… como María Magdalena tuvo un problema con dejar los pies de Jesús en la mañana de la pascua y tener que aprender a relacionarse de otra manera con Jesús resucitado.

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